"Inteligencia natural o aprendida que poseen algunas personas que carecen de estudios..."

Miguel Ángel Sánchez

Escribir es reescribir, o así dicen los manules del guionista. Para Miguel Ángel Sánchez, autor del guión "Al Filo de la Media Luna", se trata de un proceso creativo en el que uno se deja llevar por la intuición.

Texto · Nacho García Peña

Sometido a las reglas del juego televisivo, en el que productoras, ejecutivos de cadenas y audiencia dictan los objetivos a alcanzar, la labor del guionista se convierte a menudo en “un trabajo que podría llamarse alimenticio”, a no ser que uno pueda vender una idea propia, tarea algo complicada. No obstante, es una salida digna para aquellos creadores que además aspiran a pasar a la gran pantalla. “Al fin y al cabo, todos a los que llamaron durante años artesanos de Hollywood también hacían un trabajo alimenticio, ¡y qué películas rodaban! En ese sentido, a mí me ha tocado escribir para series que detestaba, a las que he intentado hacer un poco mías, y para otras en las que me ha gustado trabajar, como “Policías” o “Al filo de la ley”. Si puedo elegir, prefiero el drama o el thriller”.

En el caso de Miguel Ángel Sánchez, autor del guión original “Al Filo de la Media Luna“, el trabajo y sobre todo la constancia consiguieron que su anterior guión “Arderás conmigo” fuese llevado al cine, bajo su atenta mirada como director, lo cual es un privilegio por la posibilidad de plasmar en movimiento todo aquello que escribió previamente. “Escribir una historia propia, desde la idea a la versión definitiva del guión, imaginar unos personajes y ser testigo de sus vidas, es mucho más gratificante. Te permite ofrecer un punto de vista personal sobre los seres humanos y sobre la realidad, lo que supongo que es una aspiración de todo creador”. Y más aún, si te brindan la oportunidad de dirigir el proyecto.

Formado profesionalmente en la Escuela Superior de Artes y Espectáculos de Madrid (TAI), tuvo la suerte de encontrarse con Antonio Drove, un profesor que influyó mucho en él, así como en otros compañeros, y cuyas clases aún recuerda con cierta añoranza. “Creo que si no hubiera sido por Drove yo no hubiera sido guionista, ni director”. Si bien, no había nadie en su familia que se dedicara a esta profesión ni tenía ningún contacto con este medio, a primera vista tan inaccesible, recuerda que de pequeño le encantaba leer tebeos. “En mi casa se leía, y yo pasé, de un modo que ahora me parece bastante natural, de los tebeos a las novelas. No era un buen estudiante, pero a los quince o dieciséis años devoraba todo lo que caía en mis manos, como los escritores del “boom”, sobre todo García Márquez y Cortázar, aunque también me fliparon novelas como “La metamorfosis” y “Opiniones de un payaso”. Poco después me convertí en un asiduo de los cine-estudios, y el cine empezó a ocupar todos mis pensamientos. (…) Supongo que estudiar cine fue una manera inconsciente de unir mi afición por las historias y las imágenes.” De hecho, cineastas tan cultivados en ambas cosas, de la talla de Truffaut o Nicholas Ray, están en su lista de favoritos.

Y casualmente, o porque la vida se va colocando donde toca, Miguel Ángel Sánchez imparte ahora clases de guión en el Máster de la Universidad Carlos III de Madrid, donde intenta enseñar esa misma pasión, esa adición al cine que él recibiera de su maestro. “Ahora que yo también doy clases de guión, pienso mucho sobre ello, y creo que lo mejor que un profesor puede enseñar es precisamente eso, la pasión por aprender, que esa pasión por lo que haces es, de hecho, una de las pocas cosas que puedes transmitir. (…) Yo no sé muy bien de dónde vienen las ideas, y casi prefiero no saberlo. Aunque sé que existen fórmulas para invocarlas, y métodos que ayudan a encontrarlas, para mí sigue siendo un proceso misterioso, prefiero dejarme llevar por la intuición. Una intuición, eso sí, que uno aprende a entrenar con el paso de los años”.

Semejante ímpetu le llevó a escribir el guión original “Al Filo de la Media Luna”. Una serie de noticias en el periódico le pusieron en la pista de los menores magrebíes que emigran ilegalmente a España. Y, con esa intuición que le caracteriza, presintiendo que aquello bien podía ser un tema, e interesado particularmente desde hacía tiempo por el mundo de la inmigración, empezó a escribir casi sin pensar sobre la vida de esos chicos. Pronto se dio cuenta de que apenas conocía nada sobre sus vidas y, tras conectar con organismos sociales, comenzó lo que toda escritura de este tipo requiere: trabajo de campo. “El proceso de documentación, cuando el tema lo has elegido tú, puede ser apasionante, porque escribir, para mí, es siempre una manera de aproximarte a la realidad, un intento de comprenderla mejor. En ese organismo social conocí a un educador de calle al que estoy muy agradecido, porque me permitió convertirme en su sombra. Le seguí durante un par de meses en su trabajo cotidiano, y así pude encontrar a muchos de los chavales de los que habla el guión, a los que poco a poco aprendí a comprender y respetar. ¡Cuanto más sabía sobre el trabajo del educador social y sobre ellos, más convencido estaba de que tenía que haber una película que contara su historia y denunciara su situación!”. Además, tuvo el acierto de añadir a esa historia de tinte social y realista, otra de amor entre uno de los jóvenes marroquíes, Yasin, y una chica española, Sonia. “Es una pequeña historia de amor en un mundo hostil, que a mi modo de ver cumple varias funciones dramáticas. Supone un contrapunto tierno a toda la dureza que hay a su alrededor (…) sirve para humanizar al personaje del chico marroquí, y fomentar nuestra identificación con él”. Pues algo que le preocupó mucho durante la elaboración del guión fue establecer una identificación con el protagonista, a través de sus vivencias y emociones, y de la historia de amor que tiene con una chica de otro país. En definitiva, se trataba de “contar lo que nos une por encima de los que nos separa”.

 

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Una de las esperanzas del autor es poder ver esta historia en las pantallas de cine, “y si así fuera me gustaría ser el director, porque a mí también me gusta dirigir”. Aunque aplaude el hecho de que Editorial Gramática Parda se pusiera en contacto con él para decirle que el guión se leía muy bien y que querían inaugurar con ello su colección La Gramática del Cine, con guiones originales e inéditos. “No existen muchas iniciativas como ésta en nuestro pobre panorama cultural, que apuesten por historias duras y autores desconocidos”. Por esta razón, y porque ya desde hace tres o cuatro años ha vuelto a escribir relatos, algo que no hacía desde la adolescencia, no descarta “amenazar” de nuevo a la editorial con una próxima publicación.

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